Una cajera más que se separa de su marido

Un cerrajero de Zaragoza que abre lo que necesites abrir
Los cerrajeros abren cualquier cosa imaginable.

Estoy harta: nunca , nunca, nunca, se os ocurra trabajar en un banco. Si sois capaces de montar uno y ser el jefe, pues mira, eso está muy bien. Pero no hagáis como yo, que trabajo en la caja de uno de ellos. Todo el día contando billetes y comprobando que son auténticos o falsos, atendiendo al público, tratando con clientes enfadados que se creen que el banco es mío y que yo tengo la culpa de todo. La semana pasada incluso nos atracaron, y claro: ¿a quién amenazaron con una pistola? ¡Pues a mí, que para eso soy la cajera!

Aunque mejor dejar ese tema, porque no quiero ni pensarlo, vamos.

Por aquí llevo tres días seguidos sin parar de llover, y yo que me subo por las paredes.

¿Para esto me dan vacaciones?

Todo el año sin parar de trabajar y consigo una semana de vacaciones…: ¿y qué pasa entonces? Que llueve, llueve y llueve sin cesar.

¿A dónde demonios voy a ir con este tiempo?

No me puedo mover de mi casa.

Porque no os penséis que llueve con normalidad…

Ah, no.

¡Aquí Diluvia!

El centro está completamente inundado y en la tele y la radio recomiendan con insistencia que no se salga de casa.

Y aquí estoy, aburriéndome.

Mi marido, para colmo, está en un viaje de trabajo en Japón. Vuelve dentro de tres días.

Hace un rato bajé al sótano, a buscar mi caja de fotos antiguas para entretenerme con algo. Y entonces lo he encontrado.

En un rincón polvoriento, debajo de una tela que tapaba cajas con trastos, asomaba un cofrecito de madera. Nunca lo había visto antes, así que he sentido curiosidad y lo he subido al salón.

Hace media hora que llamé a los cerrajeros baratos Zaragoza y uno de ellos debe de estar a punto de llegar. No podía resistir la curiosidad de ver qué contiene el misterioso cofre, pero como resultó que estaba cerrado con un candado sin llave, no he podido abrirlo.

Han pegado al timbre. Por fin. Ahí está.
–    Buenas tardes.
–    Hola. ¿La señora Josefa? ¿Ha llamado a un cerrajero?
–    Sí, pase… Es esta cajita, que tiene un candado y no encuentro la llave.

El cerrajero la coge y en un instante la abre con no sé qué instrumento extraño en un momento.

Le pago, me despido de él y corro ansiosa a ver qué hay en la caja

Cartas. Perfumadas y con una preciosa letra que se nota que es de mujer.

¡¿Pero qué leen mis ojos?! ¡Oh, Dios mío, son cartas de amor! ¡Todas dirigidas a mi esposo! ¡Y son recientes! ¡Lucía! ¡Las firma Lucía!

¿Quién es Lucía?

¡No puede ser! ¡Mi Juan tiene una aventura!

¿Qué hago ahora?

¡Me divorcio! ¡Sí! ¡Ahora mismo llamo a mi abogado!

Y claro, este sinvergüenza ni está en Japón ni nada… ¡Está con la Lucía! ¡Embustero!

Todos los hombres son iguales. Si ya me lo decía mi madre: “Marisita, nena, ten cuidado, que todos los hombres son iguales y buscan los que buscan, pero tú no te fíes, hija mía, no te fíes nunca”.

Hacerme esto a mí. ¿Por qué yo? ¿Es que ya no le gusto? ¿Y por qué no me lo dice?

No, él es que no habla. Siempre reservado, siempre con secretos…

¡Ahora se va a enterar! ¡Voy a quedarme con la casa y con el dinero que tiene en Suiza y con el Mercedes!

¡Y ahora que se vaya con su Lucía, a ver si ella lo aguanta y le guisa como yo!

¡Canalla!

La vida huyendo de los bancos

Mi amigo Josemi le tiene una manía increíble a los bancos. No soporta a los banqueros y en su opinión ellos y sólo ellos tienen la culpa de la actual situación de crisis económica.

Y no digo yo que los bancos no tengan culpa. Pero de ahí a que sean los únicos culpables, hay un largo trecho.

Josemi me echa la bronca cada vez que se acuerda de que yo tengo cuentas en un conocido banco español.

¿Pero qué quiere que yo le haga? Soy asesor jurídico y mis clientes exigen muchas veces pagar por banco. Tendría que cerrar mi negocio si no le facilitara a la clientela esa forma de pago.

Y los que no quieren pagar por ingreso o transferencia, lo hacen emitiendo talones nominativos, de modo que al final no me queda más remedio que acudir al banco.

A mí los bancos me resultan útiles, y creo que los políticos tienen mucha más culpa de lo que está pasando que las entidades bancarias.

Además, reconozco que a mí los banqueros me caen bien. De hecho, mi esposa trabaja en un banco desde hace diez años y gana un buen sueldo, que junto al mío, nos permite vivir desahogadamente, hacer viajes que nos encantan, tener un precioso chalet en la Urbanización Los Naranjos y jugar al padel todos los fines de semana.

Josemi todas estas cosas no las entiende, porque para él la vida es ir tirando, morar en una casa que se cae a pedazos, no hacer ningún viaje, beberse unas cervezas o un combinado con los amigos cuando encarta y poco más.

Este hombre no tiene aspiraciones, ni quiere casarse, ni forma una familia, ni tener un Iphone como todo el mundo.

Y cuando decides quedarte fuera del mundo, el mundo no te deja volver a entrar nunca más.

Y llegará el día en que necesites algo del mundo y entonces éste te dará la espalda y te verás más solo que la una.

Mi amigo Josemi es uno de esos lobos esteparios que no quiere ser un hombre más, y al que un día encontrarán muerto en su casa, después de estar una semana sin dar señales de vida y que a nadie le extrañe. Sólo lo descubrirá algún vecino tiquismiquis cuando al salir de su casa, note un olor a podrido proveniente del piso de Josemi, bastante sospechoso.

Entonces llamarán a la policía, que pegará en la puerta sin obtener respuesta de Josemi. Unas horas después, volverán con una orden judicial y un equipo de cerrajeros Zaragoza, para que abran la cerradura de su piso.

Y allí hallarán a Josemi, remuerto y reseco, como uno de esos pajarracos negros que entran por las ventanas de las casas abandonadas y no dan con la tecla para salir. Uno llega con una escoba y un recogedor, los barre, los tira a la basura y la vida sigue como si allí no hubiera ocurrido nada.

Mientras, los pobres cerrajeros lo ven todo y se preguntan por qué su trabajo a veces es tan extraño y por qué tienen que ver estas cosas.

Y lo mal que huele el cadáver…

En fin, gajes del oficio.